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Mocuba, mi ventana a África

publicado a la‎(s)‎ 28 abr. 2011 1:21 por Gam Tepeyac

    Ir a África era un sueño que albergaba desde que era niña e ir a ejercer allí mi profesión un deseo que aumentaba con el paso de los años y que estaba esperando el momento adecuado  desde el punto de vista personal, familiar y profesional y ese momento llegó hace tres años cuando se cruzó en mi camino una exposición de arte mozambiqueño organizado por Gam Tepeyac  y me puse en contacto con la Dra Marisa Manrique .Después de hablar  con ella  me dijo “tengo el lugar perfecto para ti en el Centro de Salud de  Mocuba “ y sin pensarlo para allí me fui y os puedo asegurar que ir allí supuso un antes y un después en mi vida, ya no solo por la experiencia de ejercer mi profesión de médico en África, tan diferente a mi  ejercicio profesional aquí, si no porque me dio la oportunidad de conocer a mi compañera y amiga Carmencita, una enfermera de quirófano del Hospital Clínico de Valladolid , integrante del equipo de Valladolid de la Organización Nacional de Trasplantes y además matrona, vamos un lujo de profesional, y como persona no he conocido a nadie más cariñosa, conciliadora y con la sonrisa siempre en los labios. Desde el primer momento sintonizamos y formamos un equipo perfecto para apoyarnos la una en la otra en los duros momentos que vivimos en Mozambique.

    El primer viaje lo hicimos Carmencita, Marisa y yo y no paramos en todo el tiempo de hacer preguntas sobre lo que nos esperaba. En Quelimane  estaba la hermana Paquita, la directora del Centro de Salud de Mocuba. Paquita, como se le conoce en todo Mozambique, es una mujer luchadora y con una gran sonrisa a pesar de los problemas que pueda haber y siempre buscando soluciones a los mismos. Desde el primer día nos integramos en las consultas con los trabajadores del Centro,se  atienden más de 100 pacientes al día (a veces casi 200) desde las 7 de la mañana. Se ven adultos  con Sida, malaria, enfermedades de transmisión sexual,  enfermedades de la piel y niños con malaria, diarreas, tiña, malnutrición, desnutrición y muchas enfermedades de la piel. Carmencita y yo trabajábamos sin descanso, hasta que no se iba el último paciente no nos íbamos a casa y a veces con el corazón destrozado por lo que habíamos visto y porque tener la certeza de que un niño se va a morir por falta de medios diagnósticos y terapéuticos sabiendo lo que se derrocha en el mundo desarrollado te hace sentir miserable por formar parte de esta sociedad egoísta y consumista. Además la actitud del africano de esperar pacientemente en el patio con un calor sofocante, con un calderito de agua para sofocar la sed, sin apenas haber comido nada ni los niños ni los adultos y sin protestar es algo que te cuesta asimilar por mucho que lo veas allí todos los días. Por eso Carmencita de vez en cuando salía de la sala de curas de la cual se ocupaba, para ir por el patio y recoger los enfermos más graves para ser atendidos antes y así fue como descubrió a nuestra Julia Lazaro un bultito de piel y huesos bajo una capulana, con fiebre, deshidratada, víctima del Sida, la malaria, la diarrea  y la tuberculosis que perdió a su hijo lactante hacía pocos meses y que después fue abandonada por su marido. A Julia le dimos de comer, le dimos cariño, le calmamos sus dolores pero no pudimos quitarle la certeza de que se moría. Casi nada pudimos hacer por ella y la llevaron a su humilde “pallota” a morir. Para nosotras Julia siempre estará en nuestro corazón y aunque luego hubo y sin duda habrá más Julias ella fue la primera en demostrarnos lo injusta que es la vida dependiendo del lugar donde nazcas. En el mundo desarrollado el Sida es una enfermedad crónica y los enfermos no son abandonados por sus familiares, sin embargo en África frecuentemente las personas no quieren hacerse el test por miedo a la enfermedad y al estigma que supone para ellos padecerla así como el riesgo de ser abandonados por los suyos.

    Carmencita y yo sentíamos debilidad por los niños, como sanitarios que somos hacíamos nuestro trabajo lo mejor que podíamos y que sabíamos pero sobre todo con mucho cariño y no nos importaba ni la tiña de sus cabecitas ni la sarna de sus cuerpos. Regalábamos caricias y algún que otro caramelo, así que cuando al caer la tarde íbamos a pasear por el rio Licungo nos seguían multitud de niños que semidesnudos y descalzos no se despegaban de nosotras. Al llegar al rio donde niños y adultos se lavaban, lavaban la ropa y fregaban sus enseres Carmencita jugaba con los niños al ”corre que te pillo” bajo la mirada extrañada pero agradecida de sus madres, porque los niños están enfermos muchos de ellos y con la barriga no muy llena pero al fin y al cabo niños son y disfrutaban con el juego.

    
Con sus luces y sus sombras y el cansancio acumulado por el trabajo a lo largo de los días llegaba el momento de volver y se nos hacía difícil dejar allí a todos cuentos habíamos conocido: pacientes , personal sanitario del Centro, hermanas de la Congregación , niñas del internado y a Paquita con su eterna sonrisa a pesar de tener que enfrentarse cada día a muchos problemas técnicos y humanos del Centro que dirige. Para mí volver  fue muy duro por todo lo que dejaba atrás, buenas personas que a pesar de no poseer casi nada ,todos los días nos regalaban sus largos y lentos saludos, su paciencia, su educación , su tímida sonrisa y su mejor asiento en la casa. Volví y volveré, de esto no tengo la menor duda, porque irremediablemente me he dejado atrapar por África con sus gentes, sus caminos, sus pueblos, sus mercados , su color y porque Julia desde su foto me da los buenos días cuando me levanto para no olvidarme de que en Mocuba todos los caminos se cruzan y Mozambique se abraza.

Nieves Palomo Blázquez
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